Enraizado a la tierra – Rooted to the earth

The day was overcast, but since the wind came from the south, we knew it would not rain. Uncle Lalo and Aunt Juana left around 5:30 am by boat to a town about an hour away to await the arrival of their brother, Isaias, and his 19-year-old daughter, Damaris, from Santiago. The fresh air was rich with anticipation, since five years had passed since the uncle and cousin’s last visit. While May helped Patty gather vegetables for a fresh salad, I accompanied the cousins Susana and Isabel as they toting empty wheelbarrows down to the lake to await their family’s arrival.

The wooden boat peaked around the bend, and the city-raised cousin Damaris began to snap pictures of the arrival as her father Isaías waved enthusiastically. The boat stopped on the water’s edge, and the girls of Romopulli Huapi began to help pull backpacks, suitcases, heavy packages, and a new mattress from the boat. Isaías tightly embraced his nieces, while Damaris greeted them a little more quietly.

The chicken we shared for lunch was killed a few hours earlier, the potatoes were fresh from the field and the apple juice was made yesterday. Isaías seemed to have a fountain of joy overflowing from deep inside him, evidenced in his beaming smile and eagerness to experience his family and land that he hadn’t seen regularly since he left for Santiago at age 20. At the mention of a mouse running up a tree, he sprang from his chair to run to the window to catch a glimpse. As they gazed out the window, May asked him if he has thought of moving back here. He let out a “yes” that seemed to be filled with all his fondest memories of this land, and tears began to form in his eyes.

Although he has been in the capital city for over 40 years, he still makes jam the way his family did when he was a boy, and teaches curious young “winkas” (non-Mapuches) who hang around his wife’s corner store in Santiago various words in Mapudungun. He does what he can to keep his culture alive in his adopted city. But there is something about this house, this family, this land—that calls him home and brings tears to his eyes. 40 years gone and 2 hours each way to work on the subway, and this man is just as much Mapuche as his sister who spins wool thread while she watches the pigs eat apples from the trough. As I understand it, a Mapuche is connected with her identity when she is rooted to the earth.

 

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El día estaba nublado, pero el  viento venía del sur, así que sabíamos que no iba a llover. El tio Lalo y la tía Juana se fueron a las 5:30 de la mañana a un pueblo que estaba una hora de viaje en bote para esperar la llegada de su hermano, Isaías, y su hija de 19 años, Damaris, de Santiago. El aire estaba lleno de anticipación, porque hacía cinco años que no venían a visitar. Mientras May le ayudaba a Patty a recoger verduras para la ensalada, yo acompañe a las primas a llevar las carretas al lago para esperar la llegada de su familia.

Cuando el bote de madera apareció desde detrás del cerro, la prima de la ciudad empezó a tomar fotos de la llegada mientras su papa Isaías saludaba entusiasta. El bote paró en las costa del lago, y las chicas de Romopulli Huapi empezaron a sacar las mochilas, valijas, encomiendas pesadas, y un colchón nuevo del bote. Isaías les dió abrazos fuertes a sus sobrinas, mientras Damaris les saludó un poco más calladita.

El pollito que almorzamos habia sido muerto hace un par de horas, las papas estaban fresquitas del jardín, y la chicha había sido hecha ayer. Isaías parecia tener una fuente de gozo emergiendo de su profundidad, que fue evidenciado en su hermosa sonrisa y sus ganas de experimentar su familia y su tierra en plenitud. Esa tierra en la que no ha vivido desde que salió a las 20 años para Santiago.

Al escuchar que un ratón estaba subiendo un árbol, se levantó de su asiento y fue corriendo a la ventana para ver. Mientras miraban por la ventana, May le preguntó si había pensado en volver a vivir aquí. Dijo un intenso “sí” que contuvo todas sus mejores memorias de esta tierra, y sus ojos se llenaron de lagrimas.

Aunque el ha  estado en la capital por sobre 40 años, todavía hace mermelada del modo en que su familia la hacia cuando era niño, y le enseña palabras en mapudungun a niñitos winkas (no mapuches) quienes pasan por el negocio de su esposa en Santiago. El hace lo que puede para mantener su cultura viva en su ciudad adoptiva. Pero hay algo acerca de esta casa, de esta familia, esta tierra—que lo llama de vuelta y le produce ese nudo en la garganta.

40 años han pasado y 2 horas de ida y de vuelta en el metro para ir a trabajar , y este hombre es tan mapuche como su hermana que gira el huso mientras mira los chanchos comer manzanas del comedero. Yo lo entiendo así: un mapuche está en conección con su identidad cuando está enraizado en su tierra.

 

Por Brittany Peterson

@brittanykamalei

@EsenciaMapuche

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